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11 diciembre 2011 / autor

Aquel Sábado 10 de Diciembre de 1983, por Marcelo Birmajer*

*Publicado en la sección “Se me hace cuento”, del Diario Clarín, el 10 de diciembre de 2011

 

Hace 28 años, un sábado como hoy, Raúl Alfonsín asumía como presidente electo de los argentinos, luego de siete años de sangrienta dictadura. Buenos Aires estaba de fiesta. Era una fiesta de libertad y paz. Hay quienes creen que la violencia es la partera de la historia, que sin violencia no se puede pasar de la opresión a la libertad. “Libertad”, escribo, y no “liberación”; porque liberación suena a épico, a estallido, a hecho inapelable y definitivo. Mientras que la libertad es ambigua, llena de contradicciones, e incluye el error. La liberación es para las elegías, la libertad es para vivir todos los días. Pertenezco a una tendencia solitaria que sospecha que la partera de la historia es la creatividad, en primer lugar; pero también puede serlo el azar, o la perseverancia. Y que la violencia es incidental; puede a veces funcionar para acelerar algún proceso, pero no como partera. Nuestra solitaria tendencia, de la que no responsabilizo a nadie más que a mí, considera que, si no hay violencia, mucho mejor. Mi bloque unipersonal sugiere que lo que se consigue con violencia puede revertirse fácilmente con más violencia; mientras que el peso de una idea y el esfuerzo por lograr el consenso en lugar de la imposición, proveen un efecto mucho más duradero, incluso trascendente.

Quienes se apresuran a proponer a la violencia como partera de la Historia, suelen mostrar una mayor inclinación por la violencia que por el estudio de la historia; una cierta simpatía autónoma y automática por la violencia, independientemente de lo que finalmente esta produzca.

Ese 10 de diciembre de hace 28 años, Alfonsín asumía cargando sobre sus hombros la promesa de juzgar a los máximos responsables de la masacre que la dictadura militar había ejecutado: miles de desaparecidos, torturas, violaciones, apropiación de niños. Alfonsín proponía algo absolutamente original para la historia bicentenaria del país: juzgar a los criminales del Proceso según la clásica concepción de justicia de las democracias liberales, con abogados defensores, fiscales y jueces. No proponía fusilarlos, ni humillarlos. Sólo juzgarlos por sus delitos y que les cupieran las máximas penas correspondientes. Prosaico como resulta, no había ocurrido nunca en Argentina algo semejante; tampoco, por raro que suene, en el resto de Latinoamérica. Hasta líderes como Felipe González, por entonces en la plenitud de sus poderes, veían con cierta alarma la osadía del recientemente electo presidente argentino.

La masacre del Ezeiza del 73, por ejemplo, o los crímenes de la Triple A, aún siendo sus víctimas mayoritariamente peronistas, no habían sido siquiera investigados por el gobierno peronista que se alzó con aproximadamente el 60 por ciento de los votos, cuando el retorno del general Perón. Pero Alfonsín llevó a cabo una gesta inaudita: juzgar a los criminales del Proceso no porque hubieran asesinado a personas de tal o cual tendencia política; sino por sus crímenes aberrantes contra la condición humana. No era una revancha de un signo partidario, sino la propuesta de reconocernos en una misma dignidad humana compartida.

Sí existían en el mundo antecedentes de fusilamientos, humillaciones colectivas, turbas reemplazando a fiscales y jueces, farsas de juicios callejeros. Pero lo que viene después de esos shows, no es la libertad, ni la paz. Esta democracia que lleva ya treinta años encontró, en el momento justo, a un hombre modesto, que hablaba con las manos en los bolsillos, que había pasado su vida persuadiendo, y que estuvo dispuesto a dar su vida, sin entusiasmo, por una libertad mansa y duradera. Alfonsín no gritó que daría su vida por esto o aquello, ni le pidió a nadie que diera la suya; pero todos sabíamos que los implicados en investigar y juzgar los crímenes de Massera, Videla y Agostipasarían muchos años en riesgo.

No sólo no había ejemplos internacionales de su acción, sino que tampoco la coyuntura internacional sugería esos juicios. De hecho, en nuestro propio país, el partido justicialista, durante la campaña electoral, aceptaba la “autoamnistía” de los militares. Ni investigarlos ni juzgarlos. Nada. Cada cual a su casa. Detrás de Luder, el candidato justicialista, se encolumnaban todas las variables del peronismo. Acusaban a Alfonsín de ser el candidato de la “Coca Cola”, lo que fuera que esto significara. También reivindicaban a Rosas. Pero eso sí: los criminales del Proceso, a casa, a dormir tranquilos.

Alfonsín juzgó, desarmado, a los militares; lo hizo acompañado de civiles, de intelectuales, escritores y periodistas, que con distintas formas de pensar coincidían, sin embargo, en que no debían olvidarse esos crímenes, ni permitir que volvieran a repetirse. Podemos recordar, entre ellos, a Magdalena RuizGuiñazú o a la militante de los derechos humanos Graciela Fernández Meijide.

Cada tanto releo algunos capítulos de las Memorias políticas de Raúl Alfonsín. No sólo tiene momentos trágicos, sino también humorísticos. E incluso la instancia de convocar al humor en el momento trágico, como hacían LordSinclair y Danny Wilde en “Dos tipos audaces”, que incidentalmente, en su versión original, se llamaban “The Persuaders”.

Después, la libertad es proteica. Las cosas van y vienen. Una economía más dirigista, otra más liberal, una privatización acá, una estatización allá. La vida no es un camino recto. Pero lo que legó Alfonsín es que todas esas vicisitudes es mejor resolverlas sin matarnos unos a otros, sin condenarnos de antemano por pensamientos preestablecidos, sin considerar que cualquier idea distinta responde a “oscuros intereses”. Es verdad, al final de su mandato, se le cayó brutalmente la economía. Pero no se le cayó la democracia. Y los jerarcas de la dictadura estaban en la cárcel.

Nada de lo que pasó desde su asunción fue peor que lo que había pasado antes de su asunción. Nada, incluso las peores cosas que nos pasaron, fue peor que el Proceso o la Triple A. Hace veintinueve años, empezaba un país distinto, pero nada del otro mundo. Yo estaba en Buenos Aires ese día, y es un placer estar hoy en Buenos Aires, y poder recordarlo y escribirlo en este diario.


 


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